“Cómo y por qué aprovechar el tiempo del ocio en la tercera edad”

images“Cuántas veces nos lamentamos de que necesitamos más tiempo libre para hacer ‘lo que realmente nos apetece hacer’. Fuera obligaciones, fuera actividades que no nos resultan atractivas o que no nos aportan beneficios. La jubilación y la ausencia de compromisos familiares que conlleva la tercera edad crean la situación perfecta para practicar actividades de ocio. Pero, ¿sabemos aprovechar el tiempo?

La terapeuta ocupacional de Sanyres Puerto Banús, Mercedes Méndez, explica en este artículo cómo disfrutar al máximo de cada minuto al llegar a cierta edad:

En todas las etapas de la vida (niñez, juventud y época adulta), las actividades de ocio ocupan una parte de nuesta rutina diaria. Pequeñas distracciones como leer, pasear, practicar algún deporte o dedicarse a ciertos pasatiempos ayudan a canalizar el estrés diario y liberar endorfinas, las comúnmente llamadas ‘hormonas del placer’. Por eso es importante llenar el tiempo libre de actividades que nos aporten un crecimiento intelectual, creativo y personal, y no sólo desconectarnos del trabajo y las obligaciones, sino que tenemos que aprender a descansar y relajarnos…”

Ver el artículo completo en: http://gruposanyres.es/como-por-que-aprovechar-el-tiempo-del-ocio-en-la-tercera-edad/

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“La factoría de la nostalgia”

Antonio Muñoz Molina, El País, 16 de febrero de 2014:

“Cualquier cosa, bien macerada y caramelizada por el tiempo, puede manufacturarse en forma de nostalgia. El blanco y negro de las fotografías y los documentales puede volver memorable cualquier episodio del pasado, por muy mediocre, superfluo, incluso deleznable que fuera. En sus fotos de los años cincuenta, de los primeros sesenta, nuestros padres parecen jóvenes actores de cine”

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http://cultura.elpais.com/cultura/2014/02/14/actualidad/1392375499_356159.HTML

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Recordar a través de los objetos

Baular, como nuestros amigos saben, se dedica a recuperar y poner en valor nuestros recuerdos. Generalmente, eso se hace a través de la experiencia oral, escrita o gráfica. Pero las cosas, los objetos que hay a nuestro alrededor, hablan de nosotros y a menudo nos explican. Seguiremos comentando este sugerente tema, pero por ahora les dejamos este hermoso texto de Laura Ferrero, periodista, filósofa y editora

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Los nombres de las cosas

http://lauraferrero.com/category/blog/

“Puesto que solo yo sobrevivo; puesto que, después de tantos años, mis recuerdos pueden ver la luz sin herir ya a nadie a mi alrededor, te los regalo, querida sombra. Es lo más hermoso que he cosechado para regalarte, y la sed que me dejaste sigue siendo tuya.”

(Maria Rysselberghe, Hace cuarenta años )

Hay libros que están escritos para una sombra. Fue lo primero que pensé cuando leí, hace poco, Hace cuarenta años, de Maria Rysselberghe. Es un libro cortito, precioso. Narra, después de cuarenta años de haber sucedido, una relación amorosa entre un hombre y una mujer. Hasta aquí, nada raro.

Lo que hace excepcionalmente bella a esta historia es que en realidad, dicha relación, contada eso sí, desde las trampas seductoras de la memoria, es más bien mental que física. Un amor que no llega a consumarse y que dará sentido a los días de los protagonistas después de que éste tenga lugar. Solo muchos años después, María, pondrá palabras a esos días. Relatará la historia de tanto silencio, y lo hará como si de un regalo se tratara, como si pudiera ofrecerle a él, a su amor, lo más verdadero que puede darle; un trozo de su vida. La memoria de los días compartidos. Me digo que la escritura ofrece eso; el soporte material del recuerdo. Como si por escribirlo fuera más real, menos maleable al tiempo.

Nos aferramos a la escritura y a los objetos porque nos da miedo morir.

En la vida, tarde o temprano, todo se convierte en recuerdo. De hecho en todas las casas del mundo hay una maleta de piel vieja, una caja, una carpeta tal vez. Sí. Suelen estar escondidas en los altillos, buhardillas, debajo de las camas, detrás de los montones de libros que no sabemos dónde guardar. Y en esos escondrijos guardamos nuestra memoria material, lo primero que cogeríamos en caso de que hubiera un incendio. Objetos significativos que cuando ya no estemos aquí perderán su significado. Fotografías, el envoltorio de esa piruleta, la entrada de la película que fuimos a ver, postales amarillentas, recuerdos de bautizos de niños que ya se han casado, un dibujo  de la familia mal coloreado… Si nuestra vida pudiera tener un soporte sería ese. Sí, recuerdos de esos veranos largos en los que creíamos que nuestra vida iban a sonar eternamente los acordes del Summer of 69 de Brian Adams: http://www.youtube.com/watch?v=9f06QZCVUHg

Nos aferramos a los objetos porque nos da miedo olvidarnos de lo que significan, miedo a reconocer que las caras a las que los asociamos han cambiado, desaparecido incluso. Su memoria comienza y acaba en nosotros. Así, hay muchas historias guardadas en maletas de piel porque es en esas maletas donde viven las partes de nosotros que no queremos tirar. Historias que contamos a nuestras sombras, como Maria Rysselberghe. Historias que viven en el fondo de todas las buhardillas y cajones del mundo.

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Alimentos como medicamentos

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El presente artículo fue publicado en el número 4 de la Revista Española de  Salud Pública 2012, Vol. 86; resulta muy ilustrativo leerlo:

“Alimentos como medicamentos: la delgada línea divisoria entre la industria farmacéutica y la industria alimentaria” Cristina González Díaz, del Departamento Comunicación y Psicología Social, Universidad de Alicante; Lorena Meléndez Illanes, estudiante de doctorado en Ciencias de la Salud y Carlos Álvarez-Dardet, del Grupo de Investigación en Salud Pública, Universidad de Alicante y del Centro de Investigación Biomédica en Red de Epidemiología y Salud Pública (CIBERESP)

“…Actualmente podemos encontrar leches fermentadas que dicen prevenir gripes y catarros, yogures con componentes que dicen ayudar a mejorar el tránsito intestinal, otros que recalcifican los huesos previniendo la osteoporosis, lácteos que controlan la tensión arterial o el colesterol, batidos cuyos nutrientes aportan la cantidad de fruta y verdura recomendada diariamente por los facultativos, leches enriquecidas no sólo con calcio sino también con isoflavonas de soja que dicen proporcionar el aporte necesario de grasas vegetales que nuestro organismo necesita, etc. La lista es interminable y sigue en aumento, como también el fraude potencial por publicidad engañosa. La apelación a la salud en la publicidad de los alimentos no está exenta de efectos secundarios, no se trata solo de un dilema de ética pública, sobre si hay fraude o no, sino que pueden lesionarse los intereses de la salud de la población, por el efecto ‘etiqueta’ de sentirse en tratamiento y también por llevar a no cumplimentar adecuadamente los tratamientos farmacológicos, por pensar que sus efectos pueden ser sustituidos por los de los alimentos.

Todos estos productos, que comenzaron posicionándose en el mercado a través de la publicidad bajo el denominador común de alimentos beneficiosos para la salud, han traspasado la peligrosa barrera de productos meramente saludables para convertirse en alimentos preventivos, simulando, en muchos casos, las características que se adscribían de forma exclusiva a los medicamentos. Porque si un alimento es capaz de reducir la presión arterial, el colesterol, prevenir enfermedades de recalcificación de huesos, catarros o gripes ¿estamos ante un alimento o ante un fármaco?…”

El artículo completo puede leerse en:

http://www.msssi.gob.es/biblioPublic/publicaciones/recursos_propios/resp/revista_cdrom/vol86/vol86_4/RS864C_313.pdf

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